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sábado, 17 de octubre de 2015

A propósito de John Cage - Rodolfo Holzmann

De nuestro colaborador Néstor Ríos Ch. (Asociación Mariano Nicolás Reynoso), compartimos este pequeño artículo escrito por Rodolfo Holzmann, nos da una idea general de los cambios que por aquellos años se presentaban en el ambiente musical mundial, y su crítica a las nuevas creaciones musicales:

A propósito de John Cage

Si el arte se considera como un reflejo de las fuerzas culturales de una era, las del Siglo xx proceden casi íntegramente de los avances en los campos de la tecnología y la ciencia. Somos lo suficientemente conscientes para darnos cuenta que vivimos en una era de experimentos técnicos y de desarrollos que han dado como resultado un concepto totalmente científico de nuestra vida. Como consecuencia inmediata, ha surgido una brutal indiferencia ante el individuo como personalidad humana, además de originarse una avalancha de incertidumbre, descontento, desilusión, penuria y hambre.

El artista, exponente vital de la inquietud y del adelanto, trata, como es de su destino, de incorporar en sus creaciones los aspectos intelectuales, espirituales, sociales, científicos y morales de su tiempo. En la larga historia de la humanidad y, específicamente, del arte, siempre ha existido el pionero, el renovador. En las épocas de grandes cambios, muchas veces consecuencia de convulsiones, años de posguerra o de reformas sociales, la reacción contra lo establecido, contra lo formal, contra lo tradicional parece haber sido siempre un mal necesario y el “enfant terrible”, hoy “hippie”, no es sino la expresión genuina de una pugna natural entre generaciones antagónicas en su educación y sentir.

En la Alemania de la primera posguerra, por los años del 20, el Sturm und Drang, ya conocido de épocas anteriores, dio lugar a pujantes movimientos artísticos que hicieron de Berlín un centro de florecientes manifestaciones novedosas; e igual ocurrió, casi simultáneamente, en las demás capitales europeas. Herwarth Walden y su grupo, Arnold Schónberg y sus discípulos, Picasso, Dalí, el arquitecto Gropius del "Bauhaus", son exponentes de la nueva era y poseedores de una gran e incuestionable personalidad. Y he aquí la raíz de toda discusión acerca del valor intrínseco del arte contemporáneo: LA PERSONALIDAD.

De aquellos años del Sturm und Drang, en que docenas de "artistas" nuevos impresionaron (o trataron de impresionar) a públicos ávidos de sensaciones nuevas, sólo pocos han llegado hasta nosotros. Los nombres de la mayoría de ellos han quedado olvidados. Y en nuestra época, donde ocurre lo mismo, también se cuentan por docenas los "innovadores", pero ¿cuántos llegarán a ser más que sólo un nombre en los diccionarios y enciclopedias?

Lo "novedoso" origina siempre su pro y su contra entre grupos divergentes, causa comentarios, críticas y discusiones, pero pasado el momento histórico de su aparición y, sobre todo, de su motivación, el tiempo se encarga de depurar las creaciones, separando las de verdadero valor de otras meramente experimentales, dándonos así la posibilidad de distinguir entre fríos especuladores e inspirados innovadores.

Los tipos del "sensacionalista" o del "experimentalista", por brillantes y atractivos que resulten, no conseguirán validez si no disponen de suficiente personalidad para que sus creaciones se constituyan en obras de gran aliento, coherencia y fuerza expresiva. Ningún principio demostrativo de experimentos científicos, técnicos, aplicación de fórmulas matemáticas o uso de máquinas automáticas podrá garantizar un valor estético suficientemente amplio para hacer sobrevivir una obra o el nombre de su autor más allá de la época en que "asombró" al público si a ello no va íntimamente ligada una auténtica vocación y personalidad.

Hay un largo camino del "Sonido 13" de Julián Carrillo, de la escritura en fracciones de tonos de Alois Haba, del dodecafonismo de Schoemberg suavizado por la concentrada musicalidad de Alban Berg o intensificado y sintetizado por el trabajo serial de Webern, de la posterior vuelta a sonoridades consonantes en los compositores de origen latino, de la integración rítmica de Stravinsky, a las tendencias actuales. La música concreta pertenece hoy ya a la historia, ha dejado sonoridades y enseñanzas que se han aprovechado e incorporado a la música electrónica posterior. Esta misma, palideciendo ya de su brillo inicial, ha tenido que ceder el paso a la música aleatoria que, en su actual apogeo, peca (entre otras cosas) de consideraciones en cuanto a la calidad del ejecutante, pues la improvisación, tan frecuente en épocas pasadas, no es precisamente el fuerte de la nuestra.

La curiosidad de la mente humana y su incontenible afán para ir descubriendo los secretos del universo, se manifiesta en todos los campos científicos y, que nadie se extrañe, también en el arte. Si el individuo queda hoy reducido ya, en sumo grado, a un número sin mayor importancia y la mecanización adquiere caracteres espantosos que amenazan el futuro de la interferencia personal, paralelamente tiene que existir el fenómeno de una creación artística que ya no apela a la sensibilidad tradicional sino que se dirige llamativamente a una nueva generación en formación, con la intención de establecer un puente entre el período actual y un futuro bastante incierto.

En los Estados Unidos de Norteamérica, mucho antes de John Cage, Charles Ivés fue musicalmente (decimos "musicalmente) el más audaz de su época al escribir en un estilo disonante que aún hoy deja perplejos a sus conocedores. Fue "descubierto" no hace mucho, pero los experimentalistas "de moda" le han ganado en actualidad. Entre ellos, aunque pueda haber valores reales, muchos esconden debajo de sus "presentaciones" una indudable falta de inspiración y preparación, y el crítico no avisado puede fácilmente caer en el error de calificar la obra de "impacto" o "sensacional".

Deberíamos decir: novelería no, originalidad sí. La ausencia de seriedad y respeto va, a veces, hasta tal grado que se organizan audiciones públicas (también en nuestro medio) durante las cuales un "movimiento" de una "obra" se limita a que el autor en persona, sentado ante el piano, mira su reloj sin tocar nada; en otro movimiento se apaga la luz por unos minutos —payasadas de un hippie musical. El público, atraído por lo desacostumbrado del espectáculo, acude por curiosidad, pero no se lleva, salvo diversión y risas, emoción estética alguna.

En ello, las audiciones de tal naturaleza se asemejan al espectáculo circense y, posiblemente, John Cage se haya inspirado, con su piano "preparado", en ciertas escenas, por demás artísticamente buenas, de las películas de Chaplin. Como el mayor exponente del arte avant-garde en los Estados Unidos, Cage proclama la total "despersonalización" en sus composiciones que, más que de música, consisten en ruidos originados, intencionalmente, al azar. Si un innovador (?) es capaz de presentarnos una obra para 12 aparatos de radio manipulados por 24 ejecutantes (uno en cada aparato maneja el dial y el otro el volumen), seguimos creyendo que lo que hace al creador auténtico es la personalidad, y no la búsqueda de sensaciones superfluas que nada aportan al arte de la música en sí. Aunque Cage sea probablemente un producto típico de nuestra época, y específicamente del país del Norte, por cierto no es el músico representativo que nos hace falta. Tal vez el mejor calificativo para sus "obras" lo dio el mismo Cage al afirmar durante un discurso: "No tengo nada que decir... y estoy diciéndolo...".

Rodolfo Holzmann
compositor, profesor, director de orquesta
(1910-1992)


Fuente:
Revista de artes y ciencias AMARU, Nro. 014, Lima, enero de 1971.